Desbordes

| Por Javier Herrera @comegats |

Saúl Gómez
Desde el  27 de julio en Garash

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El estómago de la Tierra

El trabajo de Saúl contiene una visión del paisaje que me hace pensar en el sistema digestivo de la Tierra, en los intrincados movimientos del subsuelo, en la orogénesis y los chorros de lava, en los desplazamientos de las placas tectónicas que parecen regresar a una Pangea primordial. Con esto quiero decir que pienso en eructos, vómitos, indigestiones… En sus imágenes, los sólidos se derriten y los líquidos se estrellan y levantan hacia el aire como masas petrificadas. Saúl viene y va de un lado a otro de la ciudad, conduce desde los lejanos territorios de Atizapán, al extremo norte de la ciudad, hasta los alrededores y colonias del centro de la ciudad. Trabaja en sus pinturas, espera con impaciencia, dibuja. Su idea del paisaje se entrelaza con las más disparatadas y familiares situaciones del día en turno: la música sonando en las grabadoras, las calles atestadas de señales, la naturaleza y sus cataclismos sorprendentes. Y la comida siempre presente. Los antojitos tradicionales, los tacos de cecina, los de pastor con todo, los de cabeza y tripa, los caldos, el chicharrón prensado, el queso derretido sobre la plancha, las hamburguesas al carbón, la cerveza victoria.

Todo este enorme flujo, animado por erupciones volcánicas y letreros panorámicos -que podrían ser efecto de nuestra propia respiración- irrumpe con violencia en la escena, transformando la atmósfera en una pasta cómica-cósmica de dinosaurios y gasolineras del pleistoceno. La leche derretida, el humo y las canciones en la radio se reúnen en un mundo remoto y retornado. Es el caos de la evolución, si se le pudiera llamar de alguna manera a ese mundo fantástico, donde Saúl permite que el paisaje y los anuncios de las taquerías se confundan en múltiples juegos de palabras. En sus imágenes, la urbanidad se arremolina en un oleaje de pavimento y explosión nuclear; me sorprende esa realidad salpicada de puestos callejeros, arenas movedizas y tormentas estelares. La indigestión del mundo, las historias de la vida urbana y la naturaleza prehistórica aparecen siempre en el trabajo de Saúl, descritas desde su particular punto de vista, desde su manera de vivir los días cotidianos. La taquería El Paisa es el paisaje que se levanta en el interior del estómago del mundo o en mitad del ajetreo de un mercado sobre ruedas. Al fondo, brillan las letras de una canción de cuna para la existencia…

Me gustaría comprender hacia dónde se dirige todo ésto. ¿Es el anuncio de un fin, una transformación o un principio? ¿Se trata de lo que se ve a través del automóvil, desde el puente de Lechería o a través de los camellones de la ciudad? Me gustaría acompañar a Saúl en su trayecto, conocer el giro que dará en otro momento su trabajo. Un giro más personal, más suyo, que desborde bruscamente sobre las influencias y experiencias que le han llegado de fuera. El camino del arte es un trayecto misterioso e intenso. Es un camino único, que cada uno encuentra y construye. Quiero pensar en Zhu Da, conocido generalmente por el sobrenombre de Bada Shanren. Él era descendiente de casas imperiales de la dinastía Ming. Su pintura abre esa frontera psicológica, una agitación interna que sufría debido a su carácter. Bada nunca fue valorado en su tiempo; su obra, cada vez más abstracta y producto de cambios radicales, lo llevó a una excentricidad extrema. Al final de sus días, vivía como un ermitaño taoísta.

Escribió sobre su puerta “Incapaz de hablar”. Bebía, lloraba, reía y pintaba, pero no hablaba con nadie. Cuando Bada se sentía inclinado a escribir, descubría su brazo, tomaba el pincel y emitía gritos como los de un loco…

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Luis Carlos Hurtado
Versión desbordada del texto aparecido en la edición 7 del proyecto MoNDAo corp.
Julio 2011, México, D.F.

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