Sobrevaloración del artista

| Por Martin Julio Vázquez @_He_ |

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Hace más de un año visité en Zacatecas el museo Rafael Coronel, cuyo atractivo principal es la colección de más de 5000 máscaras artesanales mexicanas de varias épocas. Pasando la exhaustiva colección, en un pequeño pasillo están exhibidos unos cuantos bocetos de Diego Rivera a carboncillo y lápiz, incluyendo el que utilizó para su famoso mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central. Sólo eran eso: bocetos, dibujos inacabados, pruebas. ¿Qué es lo que los hace exhibibles? ¿Un valor estético propio de los dibujos o el hecho de que hayan sido trazados por el eminente muralista mexicano? En el segundo caso, es cuestionable la exhibición de estos bocetos en un museo de arte, hecho mismo que les agrega un valor no propio; es fácil poner en duda que esos dibujos fueran expuestos de no haber sido realizados por Rivera.

El trabajo de un artista deja de ser valorado objetivamente cuando el mismo adquiere fama y reconocimiento gracias a los museos y coleccionistas que quieren asegurarse de que sus inversiones en arte aumenten su valor lo más posible. Mantener el nombre del artista en alto asegura que sus obras no se devalúen, y cualquiera que sea su producción, será justificada y valorada mucho más alto de lo que su calidad respalde (en caso de que la calidad de la obra sea escasa). Este problema afecta a todas las artes, incluso aquéllas cuya reproducción no es equivalente a la pérdida de valor de la pieza, como la literatura, la música o el cine. En estos casos, la producción bajo contratos es lo que llega a demeritar el trabajo de los escritores, compositores y directores, pero la publicidad positiva mantiene un buen margen de ventas. En los casos de la pintura, la fotografía, la escultura, entre otras, mucho de su valor tanto estético como económico reside en que son piezas únicas y por lo tanto parte de una producción limitada a una vida: la del artista.

El escritor mexicano Enrique Serna en su cuento Hombre con minotauro en el pecho trata este tema con cierto humor irónico y plantea de manera original la problemática alrededor del arte y su comercialización. En el cuento, Picasso tatúa un minotauro en el pecho de un niño para burlarse y vengarse de todos aquéllos que lucraban con su obra, pensando que no lo harían tratándose de un ser humano. Sin embargo, son los mismos padres del niño los que comienzan a ganar dinero exhibiendo a su hijo, siendo éste sólo el comienzo de una vida como objeto artístico, pasando por manos de coleccionistas, críticos, museógrafos, traficantes y gobierno. Serna pone voz a la obra y ésta se burla de sus admiradores.

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Mi trabajo –si se le puede llamar así- consistía en permanecer inmóvil mientras los invitados contemplaban el minotauro. Pronto llegué a odiar la palabra gorgeous. Los amigos de la señora Reeves no atinaban a decir otra cosa cuando veían el tatuaje. Pero aún más insoportables resultaban los “conocedores” que después de la obligada exclamación expelían su lectura personal de la obra.

- El minotauro es un símbolo de virilidad. Picasso ha plasmado en el pecho del niño sus ansias de rejuvenecer, utilizando el tatuaje como hilo de Ariadna que le permitía salir de su laberinto interior hacia el paraje solar de la carne y el deseo.

- Digan lo que digan, el tema de Picasso fue siempre la figura humana. Es natural que su interés por el hombre lo haya conducido a prescindir del lienzo y a pintar directamente sobre la piel del hombre, para fundir el sujeto y el objeto de su expresión plástica.

No necesariamente el factor económico es la causa de que un artista se sobrevalúe. Al parecer el creador y su obra forman parte de un proceso evolutivo complementario en el que en un principio la obra es la que posee un valor estético propio, y en la medida en que pasa el tiempo, ese valor se va transfiriendo al artista, importando poco la calidad estética de su obra, ya que haga lo que haga será valorada tomando en cuenta únicamente quién fue su creador. Es más común verlo en la música, donde la mayoría de los cantantes o bandas que en un tiempo rifaron por un concepto y estilo propios, evolucionan y pierden la esencia de lo que eran, la razón por la que eran valorados se pierde, pero paradójicamente su fama sigue en ascenso; se sobrevaloran.

A pesar de todo, creo que la sobrevaloración no necesariamente anula la totalidad de la obra de un artista. Si se llegó al punto de que un creador está sobreestimado es porque algo en su producción tiene calidad y valor estético suficientes. Una devaluación como producto de la sobrevaluación es igualmente grave para el arte en general. Las obras que se exhiben en un museo deberían ser simplemente elegidas por su valor como pieza artística y no por quien la firma, lo cual aplica también para apreciar nuevos talentos de poco renombre pero con producción excelente.

Por  Luis Alberto Elías Lara @eliasbto

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