La moda sin imágenes
| Por Danny Cabrera @dannylechu |
Descubrí a alguien increíble. Ella es escritora, escritora de literatura, no tiene ni twitter ni Facebook, no hay mucha información de su vida en la web, pero la mejor forma de conocer a una persona es leyendo lo que escribe.
Brenda Lozano es narradora y ensayista originaria del D.F. Todo o nada es su primer novela.
Hojeando una revista, encontré unos mini relatos llamados “Cuatro estampas de unos pantalones de mezclilla” Son excelentes. Los anexo en este texto, ya que es magnífico que la moda pueda leerse, se cree que la moda se tiene en los cincos sentidos, pero a veces hay que demostrarlo.
Yo no sé si es más fácil la imagen de más de cien palabras, o la palabra que no se dice con ninguna imagen, pero hoy me quedo con esto:
I. Me acuerdo del año, no me acuerdo del mes, tampoco recuerdo si ésos fueron los primeros pantalones que elegí yo, pero digamos que sí. Ese día, mi madre y yo, luego de comer en el centro comercial, fuimos a una tienda departamental. Necesitaba unos pantalones nuevos y allí estaba ella, paciente, mostrándome pantalones de mi talla. Me mostraba pantalones blancos, verdes, rosas, pero yo quería unos pantalones de mezclilla. Estamos en los ochenta, tengo ocho años y me hipnotizan unos pantalones de mezclilla deslavada. Mi madre, que ve una mancha antes que a una persona, decía que parecían sucios, descuidados. Me los probé el resorte muy por arriba de la cintura, la mezclilla rígida, deslavada, me quedaban cortos. Mi madre, cerrando los ojos, los pagó. Yo los usaba diario. Ésta es la historia de unos pantalones que mi madre odiaba.
II. Me acuerdo de su nombre, pero digamos que se llama Pablo. Pablo y yo teníamos dieciséis años y teníamos discos. Nos gustaba escuchar música en su casa, en la mía, como si la secundaria fuera un pretexto para que llegara la tarde. Nos gustaba Joy Division, The Cure, Soda Stereo, Mano Negra. Nos gustaba ir a conciertos de rock y, raro para nuestras hormonas, nos gustaba ir a conciertos de música clásica. Descubrimos los ciclos de música en la Sala Nezahualcóyotl, las muestras en la Cineteca Nacional, las librerías al sur de la ciudad, Las batallas en el desierto y El guardián entre el centeno. Inventamos bromas, historias y para extenuarnos hasta la madrugada habríamos inventado el teléfono si no es porque alguien ya lo había inventado. Pero ésta no es una historia de amor, es una de dos adolescentes que, una de esas tardes escuchando música, forcejearon con el cierre de unos pantalones de mezclilla intentando que ésta fuera una historia de amor que se quedó como una historia entre dos amigos por culpa de unos pantalones.
III. En los tiempos de la universidad me vestía igual diario. Suéter negro, camisa blanca y pantalones de mezclilla, a los que precisamente, justamente estudiando Letras, no me atrevía a llamar jeans.
Estudiaba literatura y me parecían incómodos los extranjerismos. Una prenda cómoda, como la que vestía, no quería, no podía vivir dentro de un extranjerismo. Era joven, me habría aventado de la ventana con la bandera del idioma antes de usar un extranjerismo. Estudiar con ese uniforme improvisado, era desde luego, una postura insoportablemente juvenil, estudiar literatura con la lealtad de un obrero que trabaja de sol a sol con unos pantalones de mezclilla. Unos pantalones cómodos que me incomodaba nombrar.
IV. Una tarde, como cualquier otra, las estampas se unieron hacia una repentina conciliación. Recogía mi ropa de una lavandería a unas cuadras de mi casa. Recibía una bolsa de plástico transparente, mi ropa bien doblada, cuando una mujer me entregó un billete de doscientos pesos. Estaban, dijo, en el bolsillo de sus jeans.1
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1. Lozano, Brenda. “Cuatro estampas de unos pantalones de mezclilla”. Revista Nylon México.2009. Agosto. Pág. 39
















